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01-06-2019

La Tecnología en la Vida de los Niños

La tecnología en la vida de los niños, ¿es un problema?

La Tecnología en la Vida de los Niños

La tecnología, a través de sus múltiples dispositivos, ha alcanzado cada uno de los espacios de nuestra vida cotidiana, siendo ya imposible imaginarnos vivir sin ellos. Hacemos compras desde el sillón de nuestra casa, consultamos al médico a través de una aplicación o leemos sin necesidad de recurrir a un libro. Acciones cotidianas de las cuales los niños no solo son meros espectadores, la industria fomenta muchas veces que ellos mismos se conviertan en protagonistas de este consumo. Es por eso que vale preguntarnos, ¿de qué forma repercuten las tecnologías en los niños y su proceso de desarrollo?, ¿es la tecnología un problema en sí misma?

El tiempo actual que nos toca transcurrir se caracteriza por la proliferación de las tecnologías de la información y comunicación. Sin dudas, el avance de la tecnología ha sido un fenómeno que nos ha facilitado la vida, nos acerca a otras realidades y abre un mundo casi infinito de nuevas posibilidades. Hemos ganado muchísimo a partir de ellas y son herramientas cuya entrada es casi imposible frenar, ya que podría equivaler a quedarnos por fuera de este mundo virtual actual.

No obstante, el uso desmedido de los dispositivos electrónicos comienza a verse asociado a la aparición de conductas alarmantes, como ser dependencia, ansiedades, inseguridades, fallas de memoria e imposibilidad para concentrarse. Resulta entonces más preocupante pensar en el uso que realizan los niños de dichos dispositivos. Reflexionar sobre su conducta de consumo tecnológico, detectar un posible daño y tratar de evitarlo es un proceso de pensamiento complejo, presente en los adultos y en vías de construcción por parte de los niños. Dado que se encuentran en desarrollo, aún no cuentan con los recursos suficientes para poder detectar cuando el uso empieza a ser nocivo o dañino y frenarlo a voluntad, sumado a que resulta tan placentero que tampoco quieren cederlo. Vemos habitualmente niños capturados casi hipnóticamente por la pantalla, en muchas casos, acompañándolos (y sosteniéndolos) en situaciones cotidianas; como ser durante la comida, la espera de un turno o el momento del dormir. Es innegable el poder que tales dispositivos ejercen sobre los niños y también sobre los padres, siendo muchas veces una estrategia para poder entretener a los más pequeños y darnos ese tiempo valioso que necesitamos para hacer otra actividad. Pero, ¿a qué costo?

Observamos que un uso desmedido en los niños podría ocasionar:

-Desconexión y aislamiento, ya sea hacia los adultos, los pares o hacia la realidad que los rodea. ¿Somos conscientes de lo importante y valiosos que hace sentirnos que alguien nos mire a los ojos al hablarnos?

-Desvalorización de la comunicación; no solo se precariza el desarrollo del lenguaje y se empobrece el vocabulario, sino que, para peor, se va perdiendo la capacidad de poner en palabras situaciones internas, lo que les pasa o sienten.

-Dificultades para vincularse, para tolerar las vicisitudes de una relación y sostenerla en el tiempo. También para entender los estados emocionales del otro, de interpretar gestos y lenguaje corporal, procesos tan importantes para fomentar la empatía. Es sencillo, con una pantalla no hay ida y vuelta de ningún tipo.

-Fallas en el manejo de los propios sentimientos, enojos, frustraciones y también la euforia. Al no poder compartir esa experiencia con otro, se encuentran solos tratando de aprender qué hacer con lo que les genera la virtualidad.

-Desbordes en la posibilidad de asimilar la información, si no  hay un adulto que contenga y ayude prestando recursos, historias, anécdotas o enseñanzas para poder abordar la cantidad de estímulos que muchas veces sobrepasan su capacidad de entendimiento.

-Potenciar la pasividad, suscitando alteraciones en el despliegue motriz y conocimiento de su propio cuerpo, pérdida de habilidades (como andar en bicicleta, saltar y correr) e inclusive la aparición de problemas de salud (como problemas de sobrepeso o alteraciones del sueño).

-Pérdida de la creatividad y capacidad inventiva, carecen de recursos para idear qué hacer cuando no cuentan con los dispositivos.

-Imposibilidad de tolerar el aburrimiento o la ausencia de estímulos, como parte fundamental de la vida, para que surjan las ganas, motivaciones y construcción de planes y proyectos.

A partir de estas apreciaciones, podríamos formular que las tecnologías en sí mismas no constituyen el problema; el riesgo está asociado al uso que se le dé a las mismas. Comienza a ser problemático cuando ya no conoce de límites de tiempo y espacio, sustituyendo las funciones que solo una persona puede o debería cumplir. Y no cualquier persona, sino aquella encargada de promover el desarrollo y cuidado de los niños. Tengamos en cuenta que, a diferencia de los adultos que conocimos otra forma de estar en el mundo e incorporamos muchísimos de los aspectos mencionados, los niños solo conocen esta realidad actual y se encuentran en proceso de aprendizaje.

¿Qué hacemos entonces los padres o adultos? ¿Prohibimos o permitimos?

-En primer lugar, ser congruentes, los niños aprenden por imitación, replanteémonos nuestro propio uso de la tecnología y no les pidamos cosas que nosotros mismos no logramos hacer.

-Retrasar su acercamiento, los primeros años de los niños son fundamentales, generan los cimientos donde se asientan todos los aprendizajes futuros. Cuantos más recursos cuenten, más seguros y preparados se encontraran para enfrentar la virtualidad.

-Plantearnos que acceder a la tecnología sea la última alternativa de un listado de posibilidades para mediar en la relación con nuestros hijos.

-Circunscribir su uso a momentos determinados y consensuados, y excluirlos de otros que resulten fundamentales para el desarrollo y vinculo, como ser alimentación, dormir, juego libre y tiempos recreativos.

-Apoyarnos en su uso como disparador para compartir, tratando de evitar que sea un entretenimiento por sí mismo: poner canciones para cantar juntos, buscar actividades y juegos, mirar películas que permitan entender situaciones que se encuentren atravesando, descargar recetas para cocinar juntos.

-Involucrarnos en lo que están haciendo frente a la pantalla, buscando participar para fomentar el diálogo e intercambio. 

Sugerimos adoptar frente a la tecnología, la misma posición que en las otras esferas que incumben a la crianza de un niño. Postulamos criar con libertad y respeto, permitiéndoles el uso de los dispositivos pero estableciendo límites claros que los contengan, que les transmitan seguridad y acompañándolos en el uso de los mismos. La función y responsabilidad de criar no pueden quedar relegadas a un dispositivo artificial. No hay nada que sostenga más a un niño que una mirada comprensiva, que lo tranquilice más que unas palabras bondadosas y que transmita mayor seguridad que un fuerte abrazo, y aun no se inventó una aplicación que pueda trasmitir todo esto. Aprovechemos esa posibilidad que nos brinda este  tiempo.

Lic. Astrid Eilenberger
MN 45698 – MP 97276
Anagrama Centro Psicológico
Tel: 1535627363

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