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10-10-2019

“No quiero ir a dormir”

Anagrama nos habla sobre las dificultades de los chicos a la hora de dormir.

“No quiero ir a dormir”

La noche, cubierta muchas veces de magia o de misterio, suscita distintos tipos de emociones en cada uno; siendo su transitar algo muy subjetivo. Es un momento donde se presentifica todo aquello que la rutina cotidiana, con sus múltiples actividades, tiende a esconder. La oscuridad, quietud y ausencia de estímulos, puede dar lugar a diversas manifestaciones, como ser angustias, preocupaciones, miedos intensos, sensaciones de soledad o desvalidamiento, entre otras. No va de suyo que sea una tarea sencilla enfrentarla. Lo que aparenta ser algo habitual o una necesidad fisiológica más, puede desencadenar trastornos o dificultades. ¿Por qué suponemos, anhelamos y hasta a veces exigimos que los bebés y niños sepan cómo enfrentar la noche?

Es sabido que los bebes recién nacidos no conocen de rutinas ni ritmos, necesitando de un tiempo para acomodar sus ritmos circadianos y configurar los tiempos de sueño y vigilia, debiendo sostenerse en un vínculo que pueda interpretar y regular sus demandas. El sueño, entendido como un proceso madurativo, necesita justamente de tiempo para desarrollarse. A su vez, también lleva un tiempo considerable que los niños puedan adquirir nociones complejas, como la dimensión temporal (cuánto es un rato o cuánto falta para que se haga de día), la alternancia presencia-ausencia (qué pasa con lo que no veo), aprender a cómo regular sus estímulos internos o desplegar mecanismos de anticipación. Estas cuestiones nos permiten dar cuenta que no es una tarea sencilla para los niños lograr dormirse. Pero, ¿qué más se esconde tras la oscuridad de la noche que genera tantas complicaciones?

La noche nos invita a dejar lo que hacemos y soltar lo conocido. En el caso de los niños, implica dejar de lado lo placentero como jugar y sobre todo, separarse de mamá y papá. Soltarse de su mundo conocido, la mayoría de las veces, contra su voluntad y sin entender por qué deben hacerlo. “No quiero ir a dormir” suele ser la antesala de grandes batallas que se repiten diariamente, donde se juegan otras cuestiones que van más allá del desafío a la autoridad. Fundamentalmente, es un tironeo para tratar de evitar ese momento de separación de los padres, donde la oscuridad de la noche puede incrementar la sensación de soledad y vulnerabilidad, al no poder sostenerse en la mirada de un otro. La quietud los hace enfrentarse al cúmulo de sensaciones, algunas negativas o angustiantes, que conforman su mundo interior y también a los estímulos que pueden sobrepasarlos, producto de nuevas experiencias y aprendizajes. Es por ello, que la entrada en la noche no puede concebirse como un instante, como quien prende y apaga una luz, como si fuese suficiente llevarlos a su cama y que el dormir se logre automáticamente. Sus necesidades particulares llaman a una función sumamente importante: acompañar ese despegue, sostener a los niños durante la transición del día hacia la noche, para poder favorecer una entrada armoniosa en el sueño. ¿De qué manera puede sostenerse esa transición?

* Propiciar un ambiente que los invite a dormir: se suele recomendar que la entrada en el sueño vaya configurándose como una transición paulatina a modo que los niños puedan ir relajándose. Un tiempo antes de llevar a los niños a dormir, comenzar a bajar las luces de la casa, ir apagando progresivamente estímulos intensos, sobre todo los visuales, como la televisión y los dispositivos electrónicos. Ir disminuyendo los ritmos y actividades, para que ese tiempo funcione como una invitación.

* Sostener rutinas: en bebes y niños pequeños, es recomendable sostener rutinas para que puedan ir organizándose y anticipándose a lo que va a venir. Entiéndase rutina como concatenación de sucesos (por ejemplo, baño – cena – momento de lectura o relatos), sin necesidad de anclarlo a un horario específico o a la misma forma siempre. Una rutina que se repite suele transmitir la sensación de seguridad, aportando tranquilidad y reduciendo el nivel de lo incierto. Vemos la preferencia por escuchar siempre la misma canción, la búsqueda del mismo cuento para leer todas las noches o aferrarse siempre al mismo oso de peluche o muñeco. Estos sucesos no son casuales, lo niños encuentran serenidad en las melodías repetitivas y seguridad en las líneas ya sabidas de memoria, pudiendo poner en juego la anticipación y aferrarse a lo conocido para enfrentar el despegue que implica la noche.

* Estar disponibles: la disponibilidad de un adulto no es un tema menor. Tratar de dormir a un niño sintiéndose cansados, irritados o agobiados, puede implicar el efecto contrario, generando que los niños se rehúsen a despedirse de esta versión de sus padres. Es necesario que alguien pueda estar ahí enteramente para ellos, brindando sostén con el cuerpo, calor con sus besos, fuerza con sus abrazos. Para poder transmitir sensación de calma y tranquilidad y, sobre todo, ir paulatina y progresivamente enseñando cómo atravesar ese tiempo de oscuridad.

* Porque los niños no nacen sabiendo dormir como lo hace un adulto, y si bien es una función que va madurando a lo largo de su crecimiento, el conciliar el sueño se configura como un aprendizaje. Porque acompañando ese momento, se enseña que los miedos se enfrentan con distintas herramientas, que las ansiedades se calman, que las angustias se pueden desplegar conversando y, sobre todo, que pase lo que pase durante el día, siempre hay alguien ahí.

Lic. Astrid Eilenberger
Anagrama Salud Mental
MN 45698 – MP 97276

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